ALBÉNIZ Y GRANADA

Hoy os vengo a hablar de la relación tan especial que tuvieron este magnífico compositor español y la ciudad nazarí. Como todo el mundo sabe, Isaac Manuel Francisco Albéniz y Pascual (1860-1909) era catalán pues nació en Camprodón, Gerona, un pueblecito cercano a la frontera francesa, a medio camino entre Figueras (de donde era su madre, Dolores) y Puigcerdá.

Su padre Ángel Lucio Albéniz era vitoriano y trabajaba como funcionario y Administrador de la Aduana en dicho pueblo. Su madre Dolores Pascual era de Figueras, como ya he dicho, pero su padre era gaditano. Toda esta mezcla derivó en el genial compositor que luego llegó a ser Isaac.

Mucho se habla de la precocidad del niño, de que a los 4 años ya dio un concierto de piano, que era un superdotado del instrumento, etc. Muchos de estos datos hay que ponerlos en cuarentena porque hay cosas que se han escrito sobre la figura de Albéniz que son erróneas o directamente falsas. Uno de los mitos más difundidos (por el propio Albéniz que quería sobredimensionar su precocidad) es que con 14 años cogió un vapor y se fue a América a tocar en diferentes países. La verdad es que su padre fue destinado a Puerto Rico, todavía parte de España en 1874, y desde allí le organizó una gira de conciertos a su hijo.

Lo que es innegable es que dicha precocidad existió porque, antes de 1874, ya estaba dando conciertos por todo lo ancho del país que le vio nacer. Como este artículo se refiere a Granada hablaré en concreto de la primera visita confirmada a la ciudad de la Alhambra. Ésta fue en 1872, con apenas 12 años, en una gira de conciertos que le lleva por diferentes ciudades. Inmediatamente queda deslumbrado por la ciudad (y por toda la Región, porque Andalucía fue un referente importantísimo en toda su obra). Es de suponer que le dio tiempo a visitar toda la ciudad y llega a trabar amistad con un granadino llamado Cándido Peña.

A finales de los años 70, después de su periplo familiar por América y de su estancia en el Conservatorio de Bruselas (becado por el propio rey Alfonso XII), se establece ya en Barcelona y desde allí organiza todos sus conciertos y sus giras, tanto por España, como por Europa. También toma la decisión de convertirse en compositor.

Debido a todo ello es normal que la segunda visita a la ciudad no fuera hasta 1881 y esta vez para instalarse un tiempo. Albéniz tiene ya 21 años y se hospeda en casa de su amigo Cándido Peña. Esta vez sí que conoce Granada a fondo porque se hace muy amigo del arqueólogo-conservador de la Alhambra, don Rafael Contreras (1826-1890). Incluso se llega a hablar de que se enamora de su hija, Lina.

Si ya quedó impresionado con 12 años, con 21, y gracias a todo lo que aprendió con Rafael del arte y la historia de La Alhambra, es amor eterno a la ciudad. Porque no es sólo la Fortaleza Roja y sus aledaños lo que le impresiona, es el Albayzín, es el Sacromonte, es La Vega Granadina vista desde la ciudad, es el pasado árabe y morisco de la ciudad,… en definitiva, todo. Albéniz abandona Granada con la intención de componer una ópera basada en la ciudad, pero dicho proyecto nunca fructificó.

En 1883 se casa en Barcelona con Rosina Jordana (1863-1945), una alumna suya. Con ella tendría cinco hijos, aunque sólo tres superaron la infancia, Alfonso (1886-1941) que fue jugador de fútbol, árbitro, directivo del Real Madrid, primer presidente del comité Nacional de Árbitros y diplomático; Laura (1890-1944) que fue la que heredó la vena artística familiar, convirtiéndose en pintora e ilustradora; y Enriqueta (1889-1933).

El año 1886 es un año complicado para Albéniz. Por un lado muere su primogénita, Blanca, con menos de dos años y por otro es el año de nacimiento de su único hijo, Alfonso. También es el año de su segunda estancia en Granada. En ella compone ya Granada, la serenata que forma parte de la Suite Española op.47. Toda esa mezcla de sentimientos los refleja Albéniz en una carta que escribe, estando en Granada, a su amigo Enrique Moragas. En ella hace referencia a la obra que compone para ensalzar la ciudad:

“Vivo y escribo una serenata romántica hasta el paroxismo y triste hasta el desespero, entre el aroma de las flores, la penumbra de los cipreses y la nieve de la Sierra. No voy a componer la embriaguez de la juerga colectiva: busco ahora la tradición, que es una mina de oro… La guzla arrastrando perezosamente los dedos sobre las cuerdas. Y por encima de todo un lamento desentonado y desgarrador…Quiero la Granada árabe, la que es todo arte la que toda me parece belleza y emoción y la que puede decir a Cataluña: Sé mi hermana en arte y mi igual en belleza”

No sería ésta la última vez que visita la ciudad, de hecho hay referencia a varias veces más, pero no tan importantes, hasta finales de siglo. Se sabe muy bien que Albéniz vivió de forma estable en Barcelona, en Madrid, en Londres, en París y finalmente en Niza, que España, “su morena”, había sido injusta en ingrata con él y con su música…. pero siempre recordó con cariño el afecto y la admiración que siempre recibía en dos ciudades españolas, Granada y Mallorca.

En sus diversas paradas en Granada, buscando ese remanso de paz e inspiración, llega a hacerse amigo de Don Antonio Barrios “El Polinario”, guitarrista flamenco, pintor, coleccionista y dueño de una taberna cercana a la Alhambra, y de su hijo Ángel (1882-1964), luego famoso compositor, guitarrista y violinista granadino.

Ángel Barrios fue uno de los últimos en visitar a Albéniz, ya en su retiro al balneario de Cambo les Bains (en el país vasco francés), donde se refugió intentando calmar los dolores insoportables que le generaba una nefritis degenerativa y la grave depresión que la acompañó. Fue en 1908 y tras dicha visita escribe:
“ya su vida se extingue, sólo a nosotros nos permite verle, porque le traíamos aroma de Granada y que sólo a ella le debía lo poco o mucho que había hecho, no borrándose jamás de su memoria las noches de luna en la Alhambra y sus paseos por el Albaicín, pues en la última visita que le hicimos, fue dolorosísima porque no pudo hablarnos y sus ojos se llenaron de lágrimas…Sólo su mujer hubo de contentarle con estas palabras que difícilmente me serán olvidadas: no llores que te pondrás bien y te llevaré a Granada”.


No pudo ser, murió allí en mayo de 1909 cuando estaba a punto de cumplir 49 años.

Ya hablando sobre las obras que Álbeniz dedicó a Granada o donde se nota su influencia, decir que hay bastante controversia en el número de ellas, según leas a los distintos musicólogos y biógrafos que han tratado la obra de Albéniz. Por ejemplo, Enrique Franco dice que están cerca de las 20 y Manuel Orozco que son 17. Yo he podido constatar 15, pero no dudo que sean más. Aquí os las dejo.

– Suite morisca (1885) (inacabada, sólo Danza de las Esclavas),
– Dos caprichos andaluces (a.1886)
– Granada (Serenata), de Suite española op.47 (1886)
– Serenata árabe (1886) (ver orq.)
– En la Alhambra, de Recuerdos de viaje op.71 (1886-87)
– 2 de las 12 piezas características op.92 (nº7 Zambra, nº12 Torre bermeja (serenata)) (1888)
– Tango, de España, 6 Hojas de álbum op.165 (1890)
– Zambra granadina (Danza oriental) (1890-91)
– La vega (1897), versión pianística y única acabada de una suite orquestal o un poema sinfónico que se iba a llamar
“La Alhambra”. También existen fragmentos El Generalife,
– 2 de las piezas del Cuaderno III de IBERIA (El Albaicín y El Polo) (1906)
– Azulejos (1909) inspirada en los azulejos de La Alhambra y en los de Fajalauza (la acabó Enrique Granados, 1867-1916)

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